Es, seguramente, uno de los hombres que más secretos maneja del planeta. La información que posee quizá no podría cambiar el mundo, pero cualquier palabra que salga de su boca provocará seguro un cataclismo en la industria global del entretenimiento. Donald S. Passman se adentró en el estudio de las leyes tras una carrera frustrada en la música. Tocaba la guitarra en una banda de rock universitaria, presentó una maqueta a un amigo de sus padres, un poderoso productor musical, y él le dijo: „Don… Ve a la facultad de Derecho“.
No ha dejado de tocar, pero ya solo lo hace en el escenario doméstico. „Me di cuenta de que no era lo mío“, reconoce entre risas desde Los Ángeles, donde vive desde que su familia se mudara desde Dallas (Texas) cuando él tenía 12 años. „Hablo un poco de español, viviendo aquí es casi obligado“, se presenta, con un acento latino envidiable y un fondo que lo ubica directamente en el paso de peatones de Abbey Road. „¿Has visto qué bien estoy aquí?“.
Passman es amable y dicharachero, resolutivo y frenético en el habla. Y esa simpatía permea también su escritura. El superabogado de las estrellas, que convirtió a Janet Jackson en la cantante mejor pagada de su tiempo en 1991 y sacó a R.E.M. de su independencia a finales de los 80 para terminar firmando el mayor acuerdo discográfico de la historia ocho años después, volcó a principios de esa década toda su sabiduría en un manual de consulta, considerado la Biblia de la industria musical, que llega ahora a España de la mano de Liburuak: Todo lo que necesitas saber sobre el negocio de la música.
Con un lenguaje ameno e incluso cuatro itinerarios -una „vía ultrarrápida“ para curiosos, una „rápida“ para principiantes, una „avanzada“ para profesionales y una, directamente, „para expertos“-, explica a lo largo de más de 700 páginas en qué consiste un contrato discográfico, qué tiene que tener en cuenta un artista al elegir manager o cómo se monta una gira mundial. Dispuesto a desvelar todos los secretos de un mundo en cambio constante, e incluso a arrojar algo de luz al futuro incierto que abre la irrupción de la inteligencia artificial en la industria creativa, Passman pone una única línea roja en la conversación: „No hablo de clientes, ni presentes ni pasados“.
Tampoco de Taylor Swift, para quien libró la cruenta guerra que terminó con la cantante recuperando los derechos de todas sus canciones. „Toda la música que he hecho, ahora me pertenece“, anunció ella misma entre lágrimas en sus redes sociales la pasada primavera. El único nombre que su abogado pronunciará a lo largo de 40 minutos de conversación será el de Bad Bunny. Ni siquiera revelará qué música escucha en la intimidad, ya saben, por si provoca un cataclismo.
- La que se publica ahora en español es la undécima edición de su libro. ¿Imaginaba, cuando lo escribió en 1991, que alcanzaría este estatus de Biblia de la industria musical?
- Bueno, esa era la idea [risas]. Mi esperanza era que así fuera. Cuando lo escribí solo había un libro relevante sobre la industria musical y era muy difícil de leer. Quería escribir algo fácil, sin palabras complejas, con muchas imágenes y letra grande, porque los músicos se orientan por lo que oyen, no por lo que ven. Mi intención era crear algo fácil de digerir para los artistas, que en general no tienen mayor interés en los negocios pero para quienes es vital poder gestionar sus propias carreras profesionales. De ahí nació esta guía. Y ahora, pregunto yo: ¿te ha parecido demasiado largo? ¿Intimidante, quizá?
- Una Biblia nunca es demasiado larga, supongo. Tomé la «vía rápida» y reconozco que, por momentos, me reí mucho.
- Me das una alegría, es que sin humor no sería más que un libro de texto, ¿verdad?
- ¿Ha sido esta edición la más compleja de actualizar?
- En realidad, fue la décima, publicada en 2019, que fue la que marcó el paso del soporte físico al streaming. Eso cambió por completo el ecosistema de la industria musical. Antes, la música siempre se monetizaba vendiendo algo. Podía ser una partitura, un rollo de pianola, un cilindro de cera, y más tarde, por supuesto, un vinilo, una casete o un CD. Pero siempre se vendía algo. Así que, si compro tu álbum, no importa si lo escucho una vez, mil veces o nunca, tú sigues recibiendo la misma cantidad de dinero como artista. Ahora el sistema es completamente diferente. Se basa en cuántas veces te escucha la gente y eso impone un modelo de monetización completamente diferente. También cambia por completo la forma de consumir la música: antes, un gran éxito atraía a la gente a la tienda de discos y eso podía beneficiar a otros artistas. Ya que estabas allí, comprabas más vinilos. El streaming tiene el efecto contrario. Cuanto más me escucha alguien a mí, menos te está escuchando a ti. Y yo gano dinero en función de cuántas escuchas tengo en comparación al resto, así que cuanto más gano yo, menos ganas tú. Es la primera vez que algo así sucede.
- ¿Es este el entorno de competencia más brutal al que se han enfrentado los artistas a lo largo de la historia?
- Brutal es una palabra complicada. El escenario siempre ha sido fuertemente competitivo, pero de un modo diferente. Sin duda, este juego de suma cero no había existido nunca antes. En ese sentido, sí, la competencia es feroz, pero por otro lado, el entorno es también más democrático que nunca porque cualquiera puede publicar su música. Se publican más de 100.000 nuevas canciones al día. La pregunta del millón es: ¿cómo te abres paso entre tanto ruido? ¿Cómo consigues que la gente repare en ti cuando hay tanto producto disponible?
„El ‘streaming’ abre un escenario de competencia feroz: si yo gano, tú pierdes, pero también ha generado un entorno más democrático que nunca“
- Dice usted: „El streaming nos ha librado de las fauces de la desesperación“. ¿Su irrupción ha tenido más de salvavidas o de disrupción, en retrospectiva?
- Ha representado ambas cosas, pero ha sido más bien un salvavidas. Hasta que llegó el streaming, la industria musical llevaba 16 años en declive.
- Pero muchos artistas y compositores se siguen quejando de que el modelo de monetización les perjudica.
- Bueno, la justicia depende del observador, no es un punto en el mapa. Se paga mejor que en la era del CD, cuando las ventas estaban en declive. Probablemente, un artista individual no gana hoy tanto como si hubiera vendido 10 millones de unidades físicas, pero gana mucho más que si el negocio no hubiera mejorado. El motivo real por el que explotó la piratería fue que proporcionó a los usuarios la experiencia auditiva que buscaban: la gente quería escuchar una canción sin tener que comprar un álbum. Querían compartirla con sus amigos y eso no era posible en el mundo del CD. Hasta que la industria logró recrear esa experiencia en un entorno donde podía monetizarla, el negocio no logró levantar cabeza.
- Otra gran transformación reciente es la impronta de plataformas como TikTok en la definición del éxito de un artista. ¿Son más implacables los algoritmos que las discográficas a la hora de definir el futuro de una carrera?
- Bueno, son despiadados en el sentido de que si cumples sus reglas, te irá genial. Y si no, no. No tienen conciencia, por así decirlo. Su único objetivo es maximizar el compromiso de los usuarios. A los proveedores de servicios digitales no les importa lo que la gente escuche, sólo quieren sus clics.
- Y en ese entorno, ¿qué papel siguen desempeñando las grandes compañías discográficas?
- Ah, esa es la gran pregunta hoy en la industria. La mayoría de los artistas que triunfan hoy en día tienen que empezar por sí mismos, tienen que generar su propia base de fans y poner en marcha su carrera. Una vez que lo consiguen, la pregunta es: ¿necesitan el respaldo de un sello discográfico? Y mi respuesta se basa en la evidencia: a día de hoy, nadie ha tenido una carrera internacional de superestrella sin una multinacional detrás. Tienen mucho dinero para invertir, tienen experiencia internacional, tienen mucha información, tienen contactos que pueden propulsar una carrera.
„Si quieres ser una superestrella mundial necesitas una discográfica multinacional. Una carrera como la de Bad Bunny requiere una grandísima inversión de dinero“
- Así que el negocio de la música tal como lo conocemos está lejos de morir.
- Puede que cambie algún día, pero ese día aún no ha llegado. Bad Bunny trabaja con un sello independiente, vale, pero su despegue internacional ha venido de la mano de una distribuidora multinacional. Una carrera como la suya requiere una grandísima inversión de dinero. Si eres un artista de nicho, con pocos seguidores pero muy fieles, probablemente no necesites una discográfica. Pero si quieres ser una superestrella mundial, no te queda otra.
- Comienza su libro con una advertencia: „¡Usa el sentido común y ten cuidado!“. ¿Adolecen los artistas de falta de sentido común, en general?
- Algunos, sí, claro, algunos bastante famosos, incluso. El problema, en general, es que a los artistas no les interesa la vertiente empresarial de su carrera. Se la toman como un mal necesario pero no le prestan atención. Lo que trato de transmitir desde hace más de 30 años, con este libro y mediante la práctica de la abogacía es: presta atención a tu propio negocio porque nadie más le pondrá el mismo cuidado y atención que tú. Y rodéate de gente de confianza para que te cuide, que cuide de tu carrera y te permita centrarte en lo creativo sin preocupaciones.
- Asegura usted que el artista tiene hoy más poder que nunca. ¿Se debe, precisamente, a esa mayor conciencia sobre la importancia del negocio en su carrera?
- En parte, sí, pero creo que les viene dado por cómo funcionan ahora las cosas. Los nuevos artistas tienen que generar interés por sí mismos. Y una vez que consiguen seguidores y se mueven en redes sociales, de repente, aparecen las compañías discográficas ofreciendo dinero y condiciones. Eso da al artista el poder de conseguir el acceso a contratos que antes nunca hubieran logrado. Aunque espero haber aportado mi granito de arena también en ese empoderamiento, claro [ríe].
- En los últimos años hemos asistido a ventas multimillonarias de catálogos de artistas, de Bruce Springsteen a Bob Dylan. [Horas después de esta conversación, Britney Spears firmó un „acuerdo histórico“ por los derechos de toda su obra]. Deja claro en su libro que no es usted muy favorable a este tipo de transacciones. Dice, incluso: „Si tus canciones son clásicos imperecederos, venderlas es como desprenderse de la Mona Lisa“.
- La razón por la que no me gustan las ventas es que, históricamente, todos los que han vendido sus canciones se han arrepentido. Es una cuestión de números. Vendes tus canciones por una cantidad enorme de dinero. Luego pagas tus gastos e impuestos. ¿Cuánto te queda? Si lo inviertes, ¿ganarás más que con lo que te proporciona el catálogo? E incluso si ganas lo mismo, ¿tiene el mismo potencial de crecimiento? Normalmente, no. Muchas veces, se trata de artistas que viven, básicamente, de los rendimientos de su repertorio. Entonces, ¿cómo van a vivir a partir de la venta? Solo tiene sentido hacerlo en determinadas situaciones. Un artista mayor puede querer vender porque su familia no sabe qué hacer con el catálogo, o porque no tiene ninguna relación con él, o quizá necesitará venderlo para pagar el impuesto de sucesiones, por ejemplo. Puede tener sentido para algunos artistas mayores, pero en general, para los jóvenes, creo que es un error.
„Vender tu catálogo, incluso por una millonada, puede tener sentido si eres un artista mayor y tu familia no sabe qué hacer con él, pero para un artista joven siempre es un error“
- Y por pasar de la venta a la compra, usted gestionó la ardua batalla por los derechos del catálogo de Taylor Swift, que finalmente recuperó la pasada primavera. Seguramente, ha sido el caso más mediático de su carrera. ¿Ha sido también el más complejo?
- No puedo hablar de mis clientes, lo siento.
- Lo comprendo. ¿Puedo preguntarle, entonces, por los acuerdos históricos que consiguió en los 90 para Janet Jackson o R.E.M.?
- Lo lamento, no hablo de mis clientes, ni presentes ni pasados [se encoge de hombros con una sonrisa].
- Hablemos entonces del futuro, o del presente. La inteligencia artificial es ya la siguiente disrupción en el negocio de la música. ¿Es previsible una regulación a corto o medio plazo, o seguirá siendo el Salvaje Oeste?
- Me parece que durante un tiempo ambas respuestas serán correctas. El problema con las regulaciones es que la industria tecnológica tiene mucho más dinero que la musical, así que ejerce una presión enorme para evitar que se desarrolle una legislación que restrinja demasiado sus intereses. Como los proveedores de servicios digitales, las empresas de IA solo quieren que la gente use su producto, y cuanto menos tenga que pagar por él y cuanto más fácil sea su acceso, mejor. Así que es de prever que será un proceso muy largo. De momento, ha habido tímidos avances, muy sonados pero poco efectivos, y las demandas no han se han inclinado necesariamente a favor de los propietarios de los derechos de autor, lo cual es preocupante porque, en última instancia, están utilizando material con derechos de autor para entrenar a estos sistemas. Es como si quieres montar una fábrica de muebles pero esperas que te dé la madera gratis, aunque sea mía. Ridículo, ¿no? Están empezando a firmarse acuerdos entre las grandes discográficas, las editoriales y las empresas de IA, todavía son experimentales, pequeños y confidenciales. Pero la cosa se va a poner interesante en los próximos años.
- Entiendo que cree más en una regulación ‘de facto’ mediante acuerdos comerciales que en una gran regulación pública mediante leyes.
- Bueno, creo que se desarrollarán ambas cosas, pero es que estos lobbies son tan poderosos que me preocupa que la legislación termine perjudicando a los propietarios de derechos de autor. En el Reino Unido, por ejemplo, hay una legislación pendiente de aprobar que permite el entrenamiento de estas tecnologías con material sujeto a derechos de autor a menos que se pida la exclusión explícita. El problema, claro, es que la petición puede llegar después de que ya hayan absorbido todo tu material. No estamos en un buen momento, no.
„Que la IA entrene a sus robots gratis con canciones es como si quieres montar una fábrica de muebles, pero esperas que te dé la madera gratis. Ridículo, ¿no?“
- Usted describe la música como „el canario en la mina“ de la industria del entretenimiento. ¿Qué tal va la salud de ese canario?
- Creo que está mucho mejor que hace seis o siete años, cuando realmente necesitaba soporte vital. Está bastante bien. No tan bien como hace 20 ó 25 años, tampoco. Tiene un virus rondándolo desde hace algún tiempo, así que tiene que ir con cuidado si no quiere caer enfermo.
- ¿Qué cambio le gustaría ver en la industria musical algún día?
- Tenemos que fortalecer los derechos de los artistas para evitar que nadie pueda usar sus voces, sus nombres y su imagen. Me gustaría ver la IA regulada de alguna manera. La idea de que se pueda entrenar a una tecnología gratis con materiales con derechos de autor me resulta especialmente preocupante. Deberían pagar por ello pero nadie encuentra la fórmula y vamos todos a tientas tratando de averiguarla.
- ¿Es optimista?
- Mira, la música nunca desaparecerá. Ha existido desde tiempos inmemoriales, es algo integrado en nuestra genética, en nuestra alma. Pero necesitamos una industria que permita a la gente creativa ganarse la vida. Si se destruye, los músicos morirán con ella.
- Empezó en la abogacía después de una carrera frustrada como guitarrista. ¿Qué tal lleva esa otra faceta?
- Asumí que no era lo mío. Ahora solo toco en familia, con los niños, ya sabes…
- ¿Qué música suena en su playlist?
- Es realmente ecléctica. Hay mucho disco antiguo, de mi juventud, mucha música clásica, un poco de bluegrass, algún artista contemporáneo…
- No me va a dar ningún nombre, ¿verdad?
- [Sonríe y guiña un ojo] Preferiría no hacerlo.


